¿Se narra con enfoque de género?

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Rev Sexología y Sociedad
La Habana
Versión electrónica ISSN 1682-0045
Año 16, no. 44, diciembre de 2010
 
¿Se narra con enfoque de género?
 
Ms.C. Ismary Lara Espina
Sede Universitaria Pedagógica, Matanzas
liviam@infomed.sld.cu
 
El proceso de enseñanza-aprendizaje con un enfoque de género es un reto educativo muy importante. Con la educación se trata de contribuir a la transformación de las relaciones entre mujeres y hombres para eliminar desigualdades o discriminación que se basen en las diferencias de sexo. En el desarrollo de la cultura y como parte de la transmisión de ésta, se continúan sosteniendo, a veces de manera subliminal, estas diferencias en las narraciones orales. Se propone un análisis a partir de los cuentos infantiles, pues en el proceso de la socialización de género, niñas y niños aprenden a establecer una diferencia entre lo que es masculino y lo que es femenino; de esta manera se naturaliza y se da legitimidad a la ideología de la feminidad y de la masculinidad. Los estereotipos, mitos y prejuicios de género se erradicarán en la medida en que se tome conciencia de que cada persona puede ser transmisora y perpetuadora de los mismos. Por tanto, se intenta reflexionar sobre la manera en que se socializan los estereotipos de género al narrar cuentos y sobre la necesidad de asumir una postura activa que contribuya a la construcción de una sociedad más equitativa y justa.
 
Palabras claves: género, cuentos infantiles, equidad de género
 
Narratives with a gender perspective?
 
The process of teaching-learning, with a gender perspective, is a very important educational challenge. By means of education, an attempt is made to contribute to the transformation of the existing woman–man relation, in view of eradicating inequalities or discrimination based on sex differences. In the development of culture, and as part of its transmission, these differences are continuously sustained, sometimes in a sublime manner, in oral narratives. An analysis is proposed stemming from the assessment of tales for children, considering that in the process of gender socialization, girls and boys learn to establish a difference between the masculine and the feminine. Thus, the ideology of femininity and masculinity is naturalized and made legitimate. Gender stereotypes, myths, and prejudice will be eradicated in the same degree in which there is awareness that each person can be their transmitter and perpetuator. To reflect upon how gender stereotypes are socialized in storytelling and on the need to undertake an active position to contribute to the construing of a more equitable and just society, is the intention behind the writing of this article.
 
Key words: Gender, tales for children, gender equity
 
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En Cuba desde el triunfo de la Revolución, en 1959, se ha tratado de contribuir a la transformación de las relaciones entre mujeres y hombres para eliminar desigualdades o discriminación que se basen en las diferencias de sexo. Se plantea, entre los primeros objetivos de este proceso revolucionario, la necesidad de redimir a las mujeres, porque en épocas anteriores eran víctimas de la discriminación en el trabajo y en otros muchos aspectos de la vida. Para este empeño se precisa la modificación de actitudes, concepciones y creencias por parte de la población, por lo que la educación desempeña en este sentido un papel significativo. Este cambio es preciso hacerlo en los principales ámbitos de socialización: la familia, los centros educativos, la comunidad, los medios de difusión.1 Se hace necesario develar y eliminar los mitos, los prejuicios y los estereotipos de género, pues contribuye al logro de relaciones más equitativas en la sociedad.
 
Esto implica transitar por un camino de formación en aspectos esenciales de la problemática de género, identificar en las prácticas cotidianas cuáles son estas relaciones de género no equitativas y discriminatorias, y aguzar la mirada, pues éstas están tan arraigadas culturalmente que se reconocen naturales o esperadas en el imaginario social. Aparece naturalizada toda una ideología de la feminidad y de la masculinidad. Se trata de un asunto que compete a las personas de ambos sexos, pues unas y otros han sido afectados.
 
La socialización de género tradicional prepara a la mujer para la maternidad y el desempeño en el hogar, para el mundo interior, el mundo privado (Alfonso y González, 2009) —incluso en la «época de liberación de la mujer», ella cuida a la familia, a su descendencia, a las (los) ancianas(os), y realiza las tareas domésticas—, y para el mundo externo: trabaja, sostiene económicamente a otros, ya sea sola o con una pareja. Es decir, su carga es mayor, pues asume una nueva función y responsabilidad sin abandonar la que le corresponde de manera natural.
 
En Cuba, para el hombre actual también ocurre este entrecruzamiento entre su mundo exterior ya asignado, instituido culturalmente, y las exigencias que aparecen a partir de las nuevas concepciones en el mundo privado. Lo que ocurre es que, en la mayoría de ellos, su participación en este último mundo no se contextualiza como una responsabilidad, sino como una ayuda, y la individualidad define cómo operar; es decir, cada sujeto en particular le imprime su propio sello a lo que decide hacer en este mundo doméstico, privado.
 
Es cierto que se ha ido transformando el marco de referencia de género; es decir, poco a poco se fue reasignando lo considerado apropiado, desde la experiencia personal y del grupo, para mujeres y hombres: indicadores como normas de comportamiento, cualidades, características, símbolos, roles y las representaciones sociales. Sin embargo, todavía aparecen contradicciones entre lo que se desea que se produzca en las relaciones de género, los valores sociales a que se aspira y las formas educativas que se sostienen, las que perpetúan estereotipos sexistas y sostienen la discriminación, esencialmente de la mujer.
 
Existen cuatro dimensiones fundamentales que se constituyen en portadoras por excelencia de los aspectos culturales que sustentan las relaciones de género, de las normas sociales consideradas adecuadas o no en esas relaciones, y de elementos que aportan a la subjetividad de cada quien. Éstas son los juegos y los juguetes, las emociones, el lenguaje y la comunicación.2 Por tanto, en el proceso educativo todas están presentes, de ahí que cobren tanta importancia las reflexiones que se hacen en este sentido.
 
Este trabajo convoca a meditar sobre el lugar y la responsabilidad que cada quien tiene en la trama de los cuentos infantiles. Al final sería adecuado preguntarse: ¿acaso no soy perpetuador(a) de estos tipos de relación? ¿Qué se puede hacer al respecto? Es hora de develar lo encubierto, pues tanto educadores como familiares sin darse cuenta enfatizan estas diferencias.
 
Análisis de algunos cuentos infantiles
 
Los cuentos infantiles narrados por familiares y educadoras(es) son fuente permanente de saber e instrucción; no obstante, también en su lenguaje y en lo que comunican portan por excelencia lo acumulado en la sociedad, tanto lo estereotipado como lo discriminatorio. Por ello se analiza estos aspectos en la literatura infantil, en obras que desde la narrativa oral han sido trasmitidas de una generación a otra y que después formaron el cuerpo de libros valiosos, consultados una y otra vez, aun cuando existe una gran distancia desde su gestación al tiempo presente.
 
Se escogen para este análisis los libros Había una vez, por ser uno de los más editados y consultados por las (los) pedagogas(os) y la familia cubana, y Cuentos infantiles, por ser una versión más moderna de algunos de estos cuentos y presentar otros no muy conocidos en Cuba.3
 
Los ejemplos que se describen, contribuyen a visualizar los símbolos o significantes y a ofrecer otra mirada diferente a las muchas ya establecidas, con el fin de obtener riqueza de nuevas determinaciones. Los análisis pretenden cuestionar si no podría existir otra perspectiva narrativa de éstos.
 
Para el estudio, los cuentos se dividieron en dos grupos: los que utilizan animales o plantas con características humanas (por ejemplo, La mariposa y el caracol) y los que sus personajes son seres humanos (Cenicienta, entre otros). La división es sólo para afianzar que aun cuando sean animales o plantas, se describen con las características femeninas o masculinas tradicionales asignadas a cada género.
 
Las primeras preguntas formuladas fueron: ¿quiénes son los protagonistas principales: los varones o las hembras?, ¿qué nivel de primacía existe entre unos y otros?, ¿cuáles son los atributos principales de estos protagonistas?, ¿cómo son caracterizados?
 
Resultó que en la mayoría de los cuentos de estos libros, los personajes principales son varones, y en el caso de que fueran mujeres, su futuro o su vida es decidida por la figura del varón. Por ejemplo, Blancanieves recibe el beso de su amado, muy parecido al final de La bella durmiente —si no hubiese aparecido este hombre, se dormiría eternamente; a él debemos agradecer nuestro despertar—; el disparo del cazador salva a Caperucita Roja y a su abuelita; la pobre y humillada Cenicienta cambió su estatus gracias a su príncipe. No es casual que se diga una y otra vez en el habla popular que «ella está esperando que llegue su príncipe azul». Los cuentos concluyen con la clásica frase de «Y vivieron muy felices para toda la vida». De manera solapada se transmite, al narrar los mismos, una jerarquía de poder: el protagonista masculino cambia y transforma, mientras que la protagonista femenina espera pasivamente obtener lo que él decida o pueda ofrecerle.
 
Un elemento curioso es que la contraparte negativa en estos mismos cuentos (dígase madrastras, brujas) son mujeres. Es decir, las mujeres se describen en las narraciones en extremos negativos: la maldad, la envidia y la vanidad, o la ingenuidad, la pasividad y la dependencia absoluta.
 
Otro de los aspectos evaluados guarda relación con las características físicas que se asignan a los personajes femeninos y masculinos, pues difieren sustancialmente. Las mujeres son bonitas, y generalmente no se hace alusión a la belleza interior; por tanto, se especifica la presencia física. Caperucita Roja comienza: «Ésta era una niña que tenía el pelo tan rubio como el oro, los cachetes tan rosados como las manzanas y los ojos tan azules como el cielo.» El soldadito de plomo se inicia así: «La bailarina era una muñequita de papel, tan linda y tan bien hecha, que el soldadito se enamoró de ella.» En Blancanieves, «la reina murió y un año más tarde el rey volvió a casarse con una mujer lindísima, tan orgullosa de su belleza, que no podía soportar que otra fuera más hermosa que ella». Parecen sugerir que las mujeres son y deben ser bellas. No se trata de estar en contra de la belleza exterior, pero al reforzar constantemente esta imagen, se pone en detrimento la exaltación de otras virtudes y cualidades que también constituyen lo bello.
 
A las mujeres se les otorga la responsabilidad de las labores domésticas y la vida privada: limpia y cocina (La cucarachita Martina); plancha, lava, cocina y friega (Cenicienta); borda con hilos de oro y plata los pañuelos de seda del rey (la reina de
Blancanieves); cuida de los otros infantes (Wendy en Peter Pan); y qué decir de la negociación establecida entre los siete enanitos y Blancanieves: «“Serás nuestra cocinera, arreglarás nuestra ropa, tenderás las camas, barrerás y todo lo tendrás bonito y en orden…” Y así fue como Blancanieves se quedó con los enanitos para gobernar la casita del bosque.» Estos ejemplos refuerzan que el poder de la mujer está en el mundo privado: es la doméstica.
 
Otras veces, de manera sutil, la caracterización de la mujer y de sus acciones pueden interpretarse como torpezas, imprudencias y desatinos. El cuento La lechera comienza diciendo: «Iba una lechera desde el monte en que vivía hasta el mercado…» Por tanto, podría suponerse que, si es lechera, extrajo esta leche de una vaca, a la que tuvo que ordeñar desde muy temprano y llevar a pastar, darle agua o trasladarla a un lugar donde exista el líquido; en fin, debe cuidar de ésta. Pues bien, en el cuento se describe a esta lechera como una soñadora, que va pensando en todas las compraventas que puede hacer a partir de su cántaro de leche que lleva a vender al mercado. Y continúa: «Tan soñadora estaba con sus pensamientos que la distraída lechera no vio que, en medio del camino, había una rama. Sin darse cuenta tropezó.» Al final, la moraleja subraya: No sueñes nunca con lo que no tienes, pues has de esforzarte, si es lo que quieres. Y todo lo que debe hacer para cuidar la vaca y trasladarse desde el monte hasta el mercado, ¿acaso no es un esfuerzo? Importa más el deseo de aportar una imagen de soñadora, poco realista de la mujer y no reforzar su espíritu emprendedor y de avanzada.
 
Otro ejemplo, poco afortunado en cuanto a la imagen que proyecta de la mujer, es el cuento de La gata mujer. Comienza así: «Cuenta una vieja leyenda que en la casa de un hombre rico y famoso vivía una gata que era muy bella.» El hombre tiene el poder económico, y la hembra (representada por la gata) posee la belleza. Continúa el cuento describiendo físicamente la felina: «Aquel hombre quería mucho a la gata porque era muy cariñosa y se acurrucaba junto a él para dormir.» La expresión de los afectos recae en la hembra; nada dice hasta ese momento de la reacción de este hombre ante los mismos. Se sentía tan bien con éstos que deseaba que fueran los de una mujer, por eso decide pedirle a la diosa Venus que le concediera esta petición, a cambio de «muchos regalos ». ¡Hasta las deidades, si son mujeres, no logran resistirse a los obsequios! Pregunto: ¿son tan necesarios los regalos para las diosas? La gata finalmente es convertida en una muchacha y es descrita de esta manera: «Era preciosa y, además, muy simpática y amorosa. Tanto, que aquel hombre se enamoró de ella. […] como se querían los dos, se casarían.» Pregunta: ¿cuáles son las exigencias para ser buena esposa? Respuesta: bonita, agradable, cariñosa; es decir, otras virtudes, cualidades y habilidades al parecer no cuentan. Describe la llegada de los novios a la ceremonia: «Iba con velo y un vestido rosado, muy bello. Era una escena linda porque la joven era muy guapa.» Más allá de lo que se pudiera evaluar según cada cultura y país, ¿cuáles son los requisitos para nombrar a una mujer bella? Sería bueno preguntarse: ¿qué le sucede a una mujer que no cumpla con estos indicadores?: lo que se llama popularmente una mujer fea, ¿deja de ser la escena linda? ¿Acaso lo que hace bello este ceremonial no es todo el significado que encierra para aquellos que lo practican? Después la diosa, «quiso gastarles una broma. Hizo que pasara muy cerca de los novios un ratoncillo pequeñito». Por instinto, ella lo persigue, lo que hace que el hombre pase vergüenza y pida a la diosa que la convirtiera de nuevo en gata. Nueva reflexión ante este comentario: la hembra actúa por instinto e impulsos; no media el análisis. Otra vez de manera solapada se degrada la imagen femenina. Ella tiene escasa capacidad para razonar y pensar, y actúa de manera instintiva.
 
Al final de este cuento, el hombre comprende su error, se casa con una buena muchacha y cuidan los dos a la gatica. Termina el cuento: «Debes saber que en todo momento has de tener un buen comportamiento.» Este mensaje es para las mujeres. Podría añadirse que casi sugiere que te comportes bien, según aspira tu hombre; no le hagas quedar mal, ni en ridículo: ésa es tu función.
 
Hay un elemento que se ha comentado y resulta reiterativo, pues tiene que ver con la devoción de las mujeres a usar joyas u obtener obsequios. Esta imagen aparece también en el cuento Blancanieves cuando la madrastra, al percatarse que aquélla aún vivía, se pone a pensar de qué manera la mataría y se le ocurre:
 
Llenó una caja de anillos, pulseras y collares; se disfrazó de vendedora de tal modo que nadie la conocía…
—Linda muchacha —le dijo a Blancanieves—, ¿quieres ver las joyas que traigo? Blancanieves, que no tenía prendas, estaba encantada mirando todos los adornos de la caja…
 
Y no siendo suficiente, en el mismo cuento la madrastra intenta nuevamente su muerte con una peineta de oro envenenada: «Brillaba tanto la peineta que la muchacha sintió el deseo de ver cómo lucía sobre su pelo negro…»
 
En El pescador y su mujer, hay una diferencia sustancial en la conducta de ambos, que favorece constantemente la imagen del hombre. «Una vez había un pobre pescador, pescando con su caña a la orilla del mar…» (el hombre en el mundo externo, buscando el alimento de la familia), siente que la cuerda se hundía y, al tirar de la caña, saca un precioso pez dorado que resulta ser un príncipe encantado. Éste le pide que le salve la vida y en retribución le haría grandes favores. El pescador prefiere dejarlo, porque no desea trato con peces que hablan. Empero, al llegar a su cabaña y contar lo sucedido,
 
La mujer, que era bastante avariciosa, le preguntó con mal genio:
—Y tú, tonto, ¿no le pediste nada?
—¿Qué querías que le pidiera?
—¿Es que no te has dado cuenta de esta cabaña miserable en que vivimos? Anda, vuelve y dile al pez que deseamos una buena casa.
 
El pez lo complace con «una preciosa finca con jardines y árboles frutales y toda clase de comodidades ». Pero al poco tiempo su mujer deseó un gran castillo, y después quiso ser reina. «El pobre hombre se puso en camino, muy triste porque su mujer no estaba nunca satisfecha.» El pez cumplió su palabra. «Mujer, ya eres reina —dijo el buen hombre—. Supongo que ya estarás contenta.» Pero se equivocó, pues entonces quiso ser emperatriz y, por último, quiso mandar en el sol y la luna. Su esposo le pide que reflexione:
—Pero ¿estás loca? Eso es imposible, ¿qué dirá de nosotros?
—No hables más y haz lo que te ordeno.
 
El pez (macho) decide: «Vuelve a tu casa, pobre amigo. Ya verás lo que merece la soberbia de tu mujer.» Y al regreso encuentra a su mujer a la puerta de la cabaña donde habían vivido siempre.
 
Al hacer el análisis de cuentos que protagonizan animales o plantas, llama la atención que generalmente existe un par: uno es gramaticalmente femenino y el otro masculino, con marcadas diferencias. Las hembras son personajes ridículos, orgullosos, vanidosos y superficiales; los machos poseen el saber. A continuación se muestran varios ejemplos.
 
El cuento Aunque la mona se vista de seda comienza: «Había una vez una mona que era muy coqueta. Era tan presumida que se pasaba el día mirándose en el río o en los lagos como si fueran espejos. Un día iba de paseo y vio por la ventana que una linda señora se vestía para ir a una gran fiesta.» Resulta interesante todo el juego de palabras y situaciones con los reflejos, ya sea en el agua como en un espejo, o cuando ve a una mujer desde la ventana. Llegan a ser conductas que se repiten, imitativas, esperadas: ¡toda mujer es coqueta y emplea gran parte de su tiempo en esta conducta! No se puede reflejar nada más, sólo apariencia física. En la historia, la mona se disfraza y aparece en un gran salón donde se celebra una fiesta. Con esta conducta ridícula y superficial de querer aparentar lo que no es, podría preguntarse: ¿y por qué el título no fue «Aunque el mono se vista de seda»?, ¿por qué la imagen que se ridiculiza es la de la hembra?
 
En La mariposa y el caracol se narra: «Había llegado la primavera y el jardín estaba lleno de flores. Entre ellas revoloteaba una preciosa mariposa de vivos colores: presumida, iba de flor en flor para que la vieran los demás insectos.» La mariposa advierte a un pardo y lento caracol, al cual le pregunta qué hacía en ese bello jardín. Entonces el caracol (el macho) le recuerda sus orígenes y la hace reflexionar sobre su inadecuada actitud. ¿Las hembras no piensan por sí solas?
 
La ranita verde y el ganso comienza:
 
En una charca había muchas ranas. Había una ranita verde, que quería ser la rana mayor del mundo. Un día se acercó un ganso a beber agua. Las ranas dijeron:
—¡Mira, mira! Esa que viene a beber es la rana mayor que hemos visto.
La ranita verde dijo: «Van a ver como yo me hago mayor que ella.» Y comenzó a comer y a comer y a beber mucha agua.
 
Fue tanto lo que comió y bebió que reventó. Finaliza este cuento así: «Las ranitas verdes son muy lindas cuando pequeñitas y, nunca, por mucho que coman, pueden llegar a ser tan grandes como los gansos.» El reclamo encubierto y solapado es: quédate como estás y como eres, porque a él no lo puedes igualar. Ése es el lugar que te corresponde.
 
Como vemos en todos los ejemplos expuestos, se atribuyen cualidades estereotipadas a las figuras femeninas y masculinas. El hombre se sigue concibiendo como protector, fuerte, firme, proveedor, guía; y la mujer, con los atributos de belleza, ternura, sensibilidad y, en otros casos, torpeza, ligereza, banalidad. Por ello no es casual que, en la socialización de género, niñas y niños aprendan cómo desde estos primeros relatos se establece una diferencia entre lo que es masculino y lo que es femenino; de esta manera se naturaliza y se da legitimidad a la ya mencionada ideología de la feminidad y de la masculinidad.
 
vale preguntarse: ¿qué hacemos?
 
Sería ilógico pensar que se deben cambiar, desechar u ocultar los libros escritos en otros tiempos, o criticar a sus autores(as), porque en definitiva ellos responden al momento histórico-cultural en que fueron creados. Sólo se pretende buscar otra perspectiva de estudio, de lectura, que permita visualizar a la mujer y al hombre en otra dimensión, en la que el poder, en cualquier campo, se comparta y no sea exclusivo de los hombres; en la que ambos vivan tanto en el interior como en el exterior del hogar sin contradicciones significativas.
 
La exhortación es a negar la pasividad o la ingenuidad al leer estos textos. Las niñas y los niños pueden dar otras lecturas ante cuestionamientos que le hagan sus familiares o educadoras (es). De esta manera no solamente se logra independencia en el pensar, espíritu crítico y creatividad, sino también igualdad de roles y equidad en (y desde) la diferencia.
 
La participación activa de niños y niñas en las actividades educativas resulta fundamental en su desarrollo humano; por tanto, si este proceso no está bien concebido o estructurado puede entorpecer la equidad de género. Resulta importante la forma en que se construyen las identidades y relaciones de género.
 
Las divisiones marcadas y estereotipadas que se establecen en la narrativa infantil analizada, reafirman la ideología de la feminidad y de la masculinidad, en la que ciertos atributos aparecen como naturales, eternos, ahistóricos, inherentes al grupo genérico, a cada mujer y hombre en particular.
 
El hecho de que existan diferencias entre los seres humanos, no justifica la desigualdad y la discriminación social. Es importante erradicar estereotipos, mitos y prejuicios de género. Asumir una postura pasiva, aparentemente neutral, hacia este reto, es perpetuar estas divisiones, diferencias y relaciones de poder. La equidad en todos los órdenes es la palabra que debiera definir el futuro de la humanidad.
 
En la comunicación se transmiten propuestas de cambio; por tanto, hay que trascender las construcciones socioculturales que separan a mujeres y hombres, encontrar todo lo que los une y los fortalece, y todo lo que sea posible compartir como seres humanos civilizados.
 
Es necesario capacitar a los (las) educadores(as) en el tema de género con el objetivo de que puedan introducir dicha perspectiva en el lenguaje y la comunicación educativa. Podría ayudar en este empeño la apertura de espacios de debate y reflexión entre los mismos educadores(as). Sin embargo, resulta importante también que éstos se desarrollen en la comunidad (sobre todo en las familias) si se toma en cuenta que, como parte del proyecto de construcción social, Cuba se propone un desarrollo cultural y de los valores humanos.
 
notas
 
1 A. González y B. Castellanos: Sexualidad y géneros. Alternativas para su educación ante los retos del siglo XXI. Editorial Científico Técnica, La Habana, 2006.
2 A. V. Castañeda: «Las relaciones entre el marco de referencia de género y la socialización de género». En Género y educación, Editorial Pueblo y Educación, 2003.
3 Había una vez, Editorial Gente Nueva, Ciudad de La Habana, 1974; y Cuentos infantiles, MMII Océano Grupo Editorial, Barcelona. En ambas publicaciones aparece una compilación de cuentos infantiles, cuyos autores se desconocen en algunos casos y cuyas versiones no son siempre iguales. El primero ha tenido en Cuba múltiples ediciones.
 
bibliografía
 
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camacho, a. m. (2009). «De cómo los diccionarios reflejan la sexualidad y otros conceptos afines». Sexología y Sociedad, La Habana, año 15, no 40, agosto.
carvajal, c. y m. a. torres (2007). Promoción de la salud en la escuela cubana. Editorial Pueblo y Educación, Ciudad de La Habana.
castañeda, a. v. (2003). «Las relaciones entre el marco de referencia de género y la socialización de género». En Género y educación. Editorial Pueblo y Educación, Ciudad de La Habana.
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quintana, l. (2001). «Representación social de la maternidad y de la paternidad. Vínculo con el modelo parental». Trabajo para optar por el título de máster en Sexualidad. CENESEX, Ciudad de La Habana.
—————— (2009). «Miremos el género a través de la paternidad y la maternidad». Sexología y Sociedad, La Habana, año 15, no. 40, agosto.
santana, l. e. y a. i. gonzález (1997). «¿Tienen sexo las profesiones?». Sexología y Sociedad, La Habana, no. 8.
yánez, v. (1996). «Sexo en la literatura poética». Sexología y Sociedad, La Habana, año 2, no. 6, diciembre.
 
Fecha de recepción de original: 18 de marzo de 2010
Fecha de aprobación para su publicación: 20 de septiembre de 2010
En soporte impreso: pp. 17-24